¿En qué consiste el desarrollo en comunicación?

Quipus Privilegios Interseccionalidad Género Clase Raza DDHH Miguel Gámez

El concepto de desarrollo centrado en la comunicación, difusión y medios de masas, inicia después de la Segunda Guerra Mundial, pero es a partir de los años sesenta cuando evoluciona hacia la perspectiva de la comunicación como agente de cambio social, priorizando las relaciones grupales y la comunicación “sobre”, así como la influencia de los medios en los procesos paradigmáticos de modernización (Schramm, 1964; Rogers, 1960). El informe McBride (1980), a finales de los setenta, establece la comunicación para el desarrollo y la teoría de la dependencia –contraria a la teoría de la modernización-, partiendo de la consigna “un solo mundo, voces múltiples” e inicio de la comunicación “para” (UNESCO, 1980).

En 1944 surge el sistema de Bretton Woods y el planteamiento de un nuevo orden de la economía mundial con la creación y unificación de instituciones internacionales como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), y la General Agreement on Tariffs and Trade, convertida en la Organización Mundial del Comercio en los noventa (Del Rio, 2008), que se encargarían de las estrategias de desarrollo global.

Durante la última etapa de los años cuarenta emerge la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina (CEPAL), enmarcada en la efervescencia de la teoría estructuralista o neomarxista del desarrollo, con el proyecto de suplir las importaciones por una creciente industrialización, mediante la planificación de políticas de los gobiernos, la intervención directa de los Estados y una integración regional robusta.

Posteriormente, nace la teoría de la dependencia en los años sesenta, con el argumento de que tanto el desarrollo como el subdesarrollo van de la mano y se retroalimentan, pues desde las lógicas del sistema mundial capitalista, la economía está condicionada por la dependencia tecnológica, intelectual y cultural de los países periféricos, que se convertían entonces en los garantes del desarrollo de los países del centro.

En los ochenta se produce un retroceso con la contrarrevolución neoliberal que imponía este enfoque capitalista mediante el Consenso de Washington, centrado en la estabilización y los ajustes emanados por el BM y el FMI. La liberación de las economías, apertura de mercados, protagonismo del sector privado, así como la inminente reducción del Estado, constituían la clave para alcanzar el desarrollo, lo que estancó el concepto basado en el ser humano, y generó una grave crisis que imposibilitaba la linealidad y el crecimiento económico para todos (Del Rio, 2008).

Desde esta década el paradigma de desarrollo humano permanece vigente en el ámbito mundial, marcado esencialmente por referentes de equiparación entre crecimiento económico y desarrollo, políticas de organismos globales y gobiernos desarrollados. Esta consideración precisa un repaso a la historia forjada tras el conflicto bélico y el nacimiento de la economía del desarrollo, hasta nuestros días. Del Rio (2008) ofrece un panorama sobre los aspectos claves que han acompañado el concepto de desarrollo, puntualizando tres aspectos: las dimensiones del desarrollo, los agentes de desarrollo y los factores condicionantes del desarrollo.

Sen Amartya (2000), por su parte, refiere que además es necesario suprimir “las fuentes de la ausencia de libertad”, como la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades económicas reales, las privaciones sociales sistemáticas, los servicios públicos dignos, la intolerancia y la represión por parte de los Estados; en tanto que el desarrollo está asociado a la expansión de la libertad de los seres humanos.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) propone en 1990 el desarrollo humano como nuevo paradigma orientado a las capacidades de las personas y no en la producción de bienes. Según el PNUD, el desarrollo humano, como concepto en evolución, busca “crear un entorno en que las personas puedan hacer plenamente realidad sus posibilidades y vivir en forma productiva y creadora de acuerdo con sus necesidades e intereses” (PNUD 2001).

Este modelo –llamado también desarrollo alternativo, desarrollo participativo, perspectiva pluralista o de la multiplicidad en un mundo (Ferrer, 2002)-, irrumpe en rechazo a la preeminencia de la industrialización, el crecimiento económico y la acumulación material y de capital, para aproximarse a lo social, respetando las diferencias culturales mediante el uso de los medios de comunicación. Rosa María Alfaro (2000) aborda lo que considera aportes éticos de la comunicación participativa: establecer una comunicación de sujetos en relación; valorar un escenario democrático de participación y protagonismo; dar la verdadera importancia de la comunidad y su acción colectiva; promover el derecho a la democracia -alternativa-; fortalecer la intención educativa de la comunicación; vincular y robustecer la comunicación como parte del desarrollo; y mantener un compromiso social con los sectores sociales populares (Alfaro, 2000: 2-4).

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