Notas sobre el lenguaje de género no binaries II

Quipus Privilegios Interseccionalidad Género Clase Raza DDHH Miguel Gámez

El discurso, ciertamente, es un escenario de disputas. La lengua que hablamos (y somos) debe servir, también, para discutir la realidad social. Por mi parte, no tengo nada qué impugnar a la lengua como sistema de signos; soy un usuario, no determino su decurso ni su destino. Quienes debaten, lo hacen con palabras y, sobre todo, con argumentos.

No sé si sea importante señalarlo, me parece que sí: el debate se da con argumentos, no con frases hechas, consignas emotivas o con el ánimo puesto en los flashes y reflectores; menos para complacer petitorios partidarios.

Las injusticias sociales se las combate con los argumentos más contundentes y afilados. Creer que las injusticias se combaten desde las sensiblerías y lo performativo, suplantando el rigor y la seriedad del argumento por consignas pegajosas que se acomodan al mainstream, es dejar la compuerta abierta para que se mantengan y se prolonguen las injusticias.

Autor: Johan López

Profesor de Análisis y Producción del Discurso y Semiótica

Universidad Nacional de La Patagonia Austral

 

Kalinowski y el universo lingüísitco

Santiago Kalinowski es un lingüista y lexicógrafo argentino. De hecho, ocupa un lugar importante dentro del sistema académico de la lengua en este país. Kalinowski sabe de lo que habla. Es un conocedor del universo lingüístico; no es un opinador, sino alguien que investiga y produce sobre el área de la lengua.

En una entrevista concedida al diario Página 12, fechada el 20 de enero de 2020, el lingüista y lexicógrafo argentino (hay que enfatizar en su condición de estudioso de la lengua) hace varios señalamientos acerca del Lenguaje Inclusivo. Una de las primeras apreciaciones que señala en esa dirección es la siguiente: “no es un fenómeno de cambio lingüístico sino que es un fenómeno retórico”.

Lo confieso: no entiendo muy bien qué desea señalar con eso de que “no es un fenómenos de cambio lingüístico sino de que es un fenómeno retórico”. Tendría que preguntarle a Kalinowski lo siguiente: ¿Cómo el cambio en la estructura de una lengua no puede ser concebido como un fenómeno lingüístico? En su segunda cláusula: “(…) sino que es un fenómeno retórico”, también tendría que interrogarlo: ¿Por qué es un “fenómeno retorico”? Si su fin es “retórico”, como insiste Kalinowski, entonces habría que ver qué busca el denominado Lenguaje Inclusivo.

El lingüista lo señala en la misma entrevista: El objetivo del inclusivo no es cambiar la gramática, no le importa. Hay gente que puede decir que sí pero en realidad es una intervención que lo que busca es terminar con mujeres asesinadas, mujeres que cobran menos por el mismo trabajo, mujeres que no pueden caminar por la calle tranquila. De modo que ahí tiene una enorme ventaja.

No se busca cambiar la gramática

Ya sabemos, por palabras de Kalinowski, que el denominado Lenguaje Inclusivo no busca “cambiar la gramática” y que además, “no le importa”, esto lo dice a despecho de quienes, por ingenuidad o ignorancia, plantean la discusión del Lenguaje de Género con pretensiones lingüísticas.

Quienes intentan hacer manuales de uso del Lenguaje de Género como Rocío Gómez (Pequeño Manifiesto Sobre el Género Neutro en Castellano) o quienes hacen intentos, por ejemplo, de investigación sobre la conveniencia del uso de la “E” como marcador de género inclusivo, lo cual implica un cambio morfológico en la estructura de la lengua, ergo en la lengua misma; con esa justa aclaración entendemos que el lingüista está siendo consecuente con su formación, con años de estudios e investigaciones.

Kalinowski sabe, como señalamos en la primera entrega de este artículo, que los cambios en una lengua no se dan a partir de actos premeditados, sino que se dan en el marco de los usos y las apropiaciones, y no a través de militancias o campañas políticas o de cualquier otra índole, incluyendo la producción de investigación lingüística con fines de justificar el cambio en la estructura de una lengua.

En un acto de “sincericidio”, el lingüista de una vez le “para el carro” a los bienintencionados que desean instalar la discusión en el marco de los estudios de la lengua.

Bien por Kalinowski y su criterio experto: “Mi postura es que es un fenómeno retórico, que no es un fenómeno de lengua. La lengua cambia sin que nosotros decidamos nada”, nos recuerda el argentino (Ibíd.). No obstante, mi pregunta de arriba sigue intacta: ¿Cómo el cambio en la estructura de una lengua no puede ser concebido como un fenómeno lingüístico?

Formas del género neutro

Otra hipótesis lingüística perfectamente válida tiene que ver con que, en efecto, las formas del género neutro no marcado en el castellano (el uso de genéricos como nosotros o ellos) tienen (no puede ser de otra forma) una impronta patriarcal; esas formas léxicas obedecen a un orden de dominio que, inevitablemente, inficionó la estructura de la lengua.

Comparto esa interpretación con el lingüista. Pero también habría que señalar que esas formas, so pena de su genealogía patriarcal, también contribuyeron al principio de economía del uso y del registro (generalmente llamada economía del lenguaje), cosa que Kalinowski reconoce en su condición de lexicógrafo.

Porque si bien el principio de duplicidad en el castellano es perfectamente válido (señoras y señores, damas y caballeros, etc.), la idea del uso del genérico no marcado gana la pulseada en cuanto a la agilidad y musicalidad idiomática. Insisto: se puede usar el principio de duplicidad y ello no cambia la estructura de la lengua. El punto es que, como señala Kalinowski: “No hay nada que impida decir escritores y escritoras, ellos y ellas, es gramatical. Cuando eso se hizo pesado de sostener, se buscaron intervenciones de tipo ortográfico”. Es “pesado de sostener” la duplicidad porque resta elasticidad y musicalidad a la lengua.

Sí, el principio de duplicidad es gramatical, pero es complicado de sostener, punto para Kalinowski. No fue que se hizo “pesado de sostener” (siempre fue así), sino que el principio de economía del uso y del registro se impone por eficacia articulatoria, porque permite un mejor flujo expresivo que el gramatical principio de duplicidad (nosotros y nosotras, niños y niñas, etc.).

Diferendos con Kalinowski

Para justificar el uso de la “E” (formas como TODES, NOSOSTRES, AQUELLES, ELLES o XADRES, entre otras), Kalinowski se posiciona desde la dimensión política. Sin embargo, en un debate con Beatriz Sarlo en el marco de la Feria de Editores de Buenos Aires en agosto de 2019, Kalinowski reconoce sus falencias en el plano político.

Sarlo cuestiona e interpela el argumento de Kalinowski según el cual el posicionamiento del Lenguaje de Género es político y no lingüístico. Insisto: ¿Cómo se interviene la lengua (el cambio en su estructura—no estamos hablando de la incorporación de una palabra—) y no hay una intervención lingüística? Kalinowski señala, insistentemente, que esa intervención es “profundamente política”, que se ubica en el campo retórico.

El Kalinowski lingüista es más convincente que el Kalinowski político. Todas las impugnaciones al modelo hegemónico se pueden hacer desde la estructura de la lengua que Kalinowski reconoce y sobre la cual trabaja. Así lo hacen de forma convincente muchísimas intelectuales. No necesitan cambiar la estructura de la lengua que somos para instalar y posicionar argumentos en contra del modelo hegemónico. En toda su exposición, por cierto, no vimos en Kalinowski el uso (aunque sea “político-retórico”) de un NOSOTRES o un ELLES.

El problema con el Kalinowski (fallidamente) político es que no desarrolla sus argumentos en código políticos como sí lo hace, de forma convincente y teórica (haciendo gala de un saber disciplinar amplio y argumentado), cuando señala que las transformaciones que proponen los que apoyan la moción del Lenguaje de Género no se dan por decretos o por militancias. Allí sus explicaciones son sobradamente convincentes, no en términos retóricos, sino en términos argumentativos.

Lo que obvia de forma deliberada el lingüista argentino es que en ese afán de posicionar retóricamente el uso de la “E” como marcador gramatical no binarie (así denominado), instala la discusión en el plano de la lengua y no puede ser de otra forma. ¿Cómo se le pide a las academias y los investigadores de la lingüística en general que no presenten sus impugnaciones ante este tipo de intervenciones en la estructura de la lengua?

No nos alejemos de la lingüística

Por más que Kalinowski quiera re ubicar el debate lejos de lo lingüístico (es lógico que así lo haga, pues sabe que esas transformaciones en el marco de la lengua no operan así), tal acción resultará siempre infructuosa. Es como si un politólogo hable de cambiar el modelo democrático e insista (al mismo tiempo) en que esa discusión que desea posicionar públicamente no tiene nada que ver con la política, sino que se trata de una intervención en el plano de la sociología… con el atenuante de que no presenta argumentos sociológicos para sostener lo que señala: que la (eventual) discusión sobre el cambio del modelo democrático no es politológica, sino sociológica — sin el debido argumento sociológico—.

En el debate de 2019 con Sarlo, la veterana ensayista des acomoda a Kalinowski cuando le señala que no todo es político. Éste demuestra que sus posicionamientos políticos son insuficientes para sostener lo que dice: El Lenguaje de Género se trata de un posicionamiento político y no lingüístico. Los argumentos políticos que exhibe son precarios y no se salen del recuadro de las frases hechas o el slogan político-partidario.

El despliegue argumental que muestra para señalar que las transformaciones en el plano de la lengua no se dan por decretos y/o afanes político-partidarios es realmente contundente; allí Kalinowski se siente en “su salsa”. Pero en la parte donde debió exponer sus enunciados explicativos y argumentales, en la defensa del Lenguaje Inclusivo como estrategia político-retórica, las falencias fueron evidentes. No hubo despliegue disciplinar, ni argumentaciones densas; hubo, sí, lugar común y consigna.

Motu proprio

Por cierto, Kalinowski señala, en cada intervención pública, que habla motu proprio, no en nombre de la Academia Argentina de Letras donde se desempeña como director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas.

Porque Kalinowski sabe que no hay, por el lado lingüístico, un fundamento para establecer cabios en la estructura de la lengua tal y como proponen algunas personas que apoyan la idea del Lenguaje Inclusivo y que, en la mayoría de los casos, demuestran un olímpico desconocimiento del campo lingüístico. De hecho, el lingüista argentino recalca, a viva voz, que los cambios en la estructura de la lengua no operan como señalan los múltiples opinadores que sostienen la moción del Lenguaje de Género.

Por eso re ubica —hábilmente, debo reconocer— el debate en otro plano: en el de las opiniones públicas. Pasa que sus argumentos son insuficientes desde el plano politológico, cosa que se evidencia en el debate con Beatriz Sarlo (ver a partir del minuto 45 del video).

Al instalar, y sobre todo, re ubicar el debate fuera de los límites de la lingüística, Kalinowski despeja la posibilidad de un sinfín de impugnaciones y contra argumentos provenientes del campo disciplinar, de sus colegas. Por eso se adelanta y saca el debate de la esfera disciplinar y lo coloca en la esfera de las opiniones y, fundamentalmente,  de las emociones públicas. Al hacerlo, sacrifica el argumento, dado que no tiene las herramientas para sostener lo que dice: “esto (del Lenguaje de Género) es una discusión política”.

Debate del Lenguaje Inclusivo en el plano de lo político

Por otro lado, debo señalar que Kalinowski es un lingüista excepcional. Cuando se posiciona desde su experticia tecno-teórica, el despliegue argumental es fino, delicado, contundente. Su manejo de los aspectos lingüísticos y lexicográficos dan cuenta de un saber disciplinar bastante próximo a lo acendrado.

No así en su intento de posicionar el debate del Lenguaje Inclusivo en el plano de lo político. Allí no hay despliegue de estrategias cognoscitivas y argumentales. Lo que se observa son clichés genéricos que pueden estar en boca de cualquiera. El Kalinowski elocuente y posicionado desde un saber disciplinar, da paso a un Kalinowski dubitativo, errático, lleno de “lugarcomunismo”.

Deja atrás el argumento y dice cosas como: “lo que busca es terminar con mujeres asesinadas, mujeres que cobran menos por el mismo trabajo, mujeres que no pueden caminar por la calle tranquila (…)”. Me parece que para que esto deje de suceder, no hace falta un cambio en la estructura de la lengua, como dice el lingüista que nos ocupa: “Muchas veces se dice “el inclusivo no puede triunfar”, porque claro, se está pensando en el cambio gramatical. Es verdad. Me parece poco probable que se vuelva gramatical”.

Para cambiar lo que legítimamente señala Kalinowski no es necesario intervenir la estructura de la lengua. Hay que robustecer los argumentos y poner de relieve en qué consiste esa desigualdad entre hombres y mujeres.

El argumento no puede ser suplantado por una especie de “estructura del sentir” que, seguramente, viene bien al plano de las opiniones y, sobre todo, de las emociones públicas. El argumento debe estar amparado en la solidez interpretativa, en un marco conceptual sólido que impida la especulación retórica, los reduccionismos sensibleros que tanto afectan a una lucha tan importante y necesaria como la equidad de género.

Consideraciones finales

Finalmente, hay que reconocer que sí hay, en efecto, disputas en el terreno de los discursos, en el plano de lo simbólico-cultural; señalar lo contrario sería una impostura. Los mecanismos de poder simbólico-discursivos están ahí, a la vista de todos y operan a la orden del día. Es tarea de las ciencias sociales visibilizar y tratar de interpretar cómo circulan, instalan y, más interesante aún, naturalizan estos dispositivos; allí donde el discurso, en su versión ampliada (más allá de lo lingüístico), tiene un valor fundamental para articularse a las formas de lo hegemónico.

En eso creo coincidir, afortunadamente, con Kalinowski, incluso, con Sarlo. Uso la lengua que soy (imperial e impuesta, ¿o no Kalinowski?) para leer, interpretar y discutir la sociedad que vamos siendo.

Esa misma lengua que tanto quiero y respeto (imperial e impuesta, reitero— ¿qué hacemos, abjuramos de ella?—) es la que ha configurado mi escenario social-cultural y le da orden al universo de mis ideas.

No puedo abjurar de ella a pesar de su origen; me cuesta “sacarle la madre” porque de hacerlo, de verdad, estaría transitando por el lado de la infamia y, fundamentalmente, de la impostura. Impostura que por cierto (esa de señalar, en búsqueda del aplauso sensiblero, que la lengua es imperial— que lo es, dicho sea de paso—) puede tener —en el marco de las estructuras del sentir, tan en boga por estos tiempos millenials— eco, referencialidad y hasta adhesiones… qué peligro, mejor no doy ideas y lo dejo hasta acá.

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